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PERSONAS Y PERSONAJES

Los recuerdos de un pueblo del que solo quedan pocos rastros

Horacio Hernández recuerda a Lumb, un paraje de nuestro distrito que desaparece junto al crecimiento tecnológico y la migración del campo a la ciudad

Los recuerdos de un pueblo del que solo quedan pocos rastros
Horacio Hernández nació en agosto del año 1944 en Lumb, un paraje ubicado en el límite entre el partido de Necochea y San Cayetano, del que hoy quedan pocos rastros por fuera de lo que es la escuela Nº 44 "Comandante Tomás Espora”.
En sus recuerdos, Hernández conserva las imágenes de un pueblo rodeado de chacras, con familias muy grandes, generalmente de origen danés, en donde trabajaba una gran cantidad de personas en el campo, dada la escasez que había de maquinarias que simplifiquen la labor.
Al principio, en las chacras estaban las trilladoras que necesitaban de muchas personas por máquina para funcionar aunque ya estaban casi desaparecidas para cuando Hernández nació. Sin embargo, recuerda que en sus primeros años vio las máquinas de tracción a sangre, en la que trabajaban tres personas para manejarlas y además había tres bolseros que se encargaban de juntar las bolsas que iba dejando a medida que avanzaban. "Eran seis personas que se necesitaban por máquina, entonces ellos y toda su familia vivían en el campo e iban a Lumb a comprar sus cosas y a llevar los chicos al colegio”, contó.
Por otro lado, recordó que se alquilaban parte de los galpones del ferrocarril para dejar guardadas allí las bolsas ya que los rindes no eran los que se ven hoy.

Empezar a trabajar
En esos años, además de la estación de trenes con sus enormes galpones, en Lumb había dos almacenes de ramos generales donde se podían comprar hasta las cosechadoras y arados. En el pueblo también había una carnicería y, al igual que todos los adolescentes que estaban en la zona, Horacio empezó a trabajar de chico para aprender a desempeñarse en distintas labores. "Todos los chicos que sabían andar a caballo iban a llevar el mate cocido a las máquinas, abrían y cerraban los molinos, encerraban las lecheras y esas cosas, para ganarse unos pesitos y de paso aprender”, comentó.
Empezó a trabajar a la mañana en la carnicería Modelo, cortando cardos con la azada para darles a las vacas, ganando $10 por mes y la carne para llevar su casa. De esa época recordó que se carneaba a la mañana y que para el mediodía no quedaba carne porque llegaba mucha gente al pueblo, tanto desde los campos como por medio del tren.
Antes de terminar la escuela, Horacio había hecho un curso por correspondencia de mecánico de autos y más adelante hizo otro, con la misma metodología, de técnico en motores diesel. "Era algo muy bueno porque uno podía usar el tiempo como quería, así que yo estudiaba a la noche”, recordó.
Su habilidad como mecánico lo llevó a trabajar un tiempo en Necochea aunque también ha estado en Santamarina, San Cayetano, y otras localidades de la zona.

Desaparecer poco a poco
En cuanto a la desaparición del pueblo donde creció y que tantos recuerdos le ha dejado, contó que no fue solo el hecho de que deje de funcionar el tren lo que dejó sin vida a la estación de Lumb, sino también la incorporación de maquinarias motorizadas a las cosechas. "En un trabajo que antes se precisaban seis personas, ahora el padre y el hijo pueden hacerlo solos, así que quedaron un montón de personas que terminaron yéndose a la ciudad. Lumb en un par de décadas pasó de ser un pueblo de 200 habitantes, con 40 chicos en la escuela, a un paraje desabitado con tres chicos en el colegio”, explicó.
Por otra parte, comentó que la tierra se ha empobrecido en cuanto al aporte que le puede dar de manera natural a las plantas a causa de las gaviotas porque se han comido las lombrices que producen el humus. "Lo que pasó es que se preparaba tierra de día, quedaban las lombrices al descubierto y las gaviotas se las comían, por eso es un trabajo que debe hacerse de noche que no andan las aves, para darle tiempo a que se vuelvan a esconder”, señaló Hernández y explicó que para reemplazar esos nutrientes que hace cuarenta años se producían solos, se comenzó a utilizar fertilizantes.

Agromodelista
Por otra parte, su imaginación lo llevó desde muy chico a hacer sus propios juguetes que, de paso, además de jugar con ellos, los utilizaba para cargar leña o algún trabajito que lo mandaran a hacer.
De más grande, a su imaginación se le sumaron sus conocimientos de mecánica, que hicieron que aquellos inventos que empezaron siendo juguetes, vayan evolucionando hasta convertirse en máquinas rurales de todo tipo, hechas a escala, que se fueron volviendo cada vez más complejas.
Entre sus últimos inventos, está una cosechadora a control remoto, con articulación en sus ruedas y varios detalles más, que convierten a Hernández en el único agromodelista de la zona.
Si bien lo toma como un pasatiempo, también es una pasión, y eso lo ha llevado a estar presente en reiteradas ocasiones en las páginas de Ecos Diaros y hasta fue invitado al programa de Anabela Ascar, en el canal Crónica. "Mi primera nota en Ecos Diarios es del año 1969, por una cosechadora a escala que había hecho”, recordó.
Actualmente, tiene la idea de armar un museo de máquinas antiguas hechas a escala, con sus respectivos manuales originales, para que pueda ser visitado por todo aquel que le interese.///

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