Por Josefina Ignacio

Fragmentos de Espejos Rotos: El infierno en la tierra

Jorge Luis Borges dijo una vez que 'lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos'. Y no se equivocó.

Fragmentos de Espejos Rotos: El infierno en la tierra
En esta líneas intentaré transmitir qué  vi y qué me produjo lo que vi cuando entré por primera vez a una cárcel. No voy a  teorizar sobre el encierro ni a hablar de la pena, ni de abolicionismo, ni de política penitenciaria, de todo ello hay muchas personas  que saben, que pueden hacerlo mejor que yo sin ninguna duda.
Tampoco quiero a plantarme como la voz de los privados de libertad,  ellos pueden  pensar, discernir, reclamar no necesitan que yo ni nadie hable por ellos,  lo que necesitan es ser escuchados.
Simplemente quiero  contar mi experiencia, dar mi testimonio con el objetivo, en esto no soy inocente, de que algún otro u otra se sensibilice frente a lo que considero que es el infierno en la tierra por el dolor y el sufrimiento por el que pasan las personas que allí transcurren sus días.

Batán
Cuando entré por primera vez a Batán, hace 4 años, junto a mis amigos Mario Juliano, Fernando Avila y José Cipoletti, sentí por primera vez  el encierro; me encontré con cuerpos, mentes y almas oprimidas cuya única meta día a día era sobrevivir, aún sin saber para qué; fui testigo del inmoral olvido que padecen las personas que allí viven y del miedo a sus compañeros y a los carceleros; vi y olí la mugre que te envuelve y penetra; sentí el hambre de meses,  las prohibiciones. Entre las rejas, cloacas rebalsadas, cables pelados y paredes húmedas  había condiciones de trabajo muy parecidas a la esclavitud; jóvenes y no tanto con ganas de estudiar pero con la posibilidad de hacerlo arrebatada día a día; vi las secuelas físicas y síquicas de la indiferencia frente a la enfermedad; despojos humanos con el dolor a flor de piel sin atención ni remedios, el suplicio físico y a la tortura; escuché historias de vida con carencias de todo tipo que en su mayoría tenían en común las restricciones en el acceso a los derechos básicos y esenciales para una vida digna.  
En definitiva, descubrí  un lugar, en el que jamás antes había reparado, donde se ejercía  el  sometimiento de personas a una autoridad sin ningún control de la sociedad. Todo esto lejos de la vista de los ciudadanos, con nulo interés por parte de la clase política  y  fuera de la agenda pública. Tal vez porque no era un tema electoralmente redituable pero eso no era justificativo, a mi entender, del olvido y la indiferencia. 
Fue entonces que algo pasó en mí, no salí igual de ese lugar, yo también había sufrido una transformación que me provocó el pensamiento, la duda, el interés y la pulsión a no quedarme quieta ni callada. Y empecé a involucrarme en el tema, a leer, a estudiar, a preguntar, a seguir entrando a la cárcel. 
De lo primero  que me di cuenta es que como civilización poco y nada habíamos hecho para buscar otra forma que no fuera la jaula y el tormento como respuesta para aquellos que habían realizado algo de lo que hoy se prohíbe.
Que nada bueno ocurre ni puede ocurrir en esos lugares y que nadie que logre sobrevivir al encierro, ni no se muere antes, puede volver al mundo libre con herramientas para enfrentar las dificultades cotidianas, que los índice de reincidencia ahí tenían una explicación, que la violencia engendra más violencia y que como sociedad estamos como en un círculo más que vicioso del que no vamos a salir nunca si seguimos sosteniendo y avalando con nuestro silencio estos lugares tan inhumanos. 
Si queremos sociedades más pacíficas y como tanto escuchamos "combatir la inseguridad” debemos inexorablemente detener la mirada también en la cárcel pues sería una contradicción no hacerlo porque ahí se trabaja o se promueve para justamente lo contrario. Si a una persona  la tienen encerrada años en una celda de 2 por 2, mal alimentado y maltratado no pretendamos que salga de ahí convertido en, tal vez, lo que nunca fue. Insistir con más castigo de este tipo para lograr la ansiada seguridad  es un argumento  perverso y miserable. 
En este proceso nuevo para mi, íntimo y personal, de estudio y  de ponerle el cuerpo al tema,  constaté que la cárcel así como está planteada es insostenible desde la ética pero también en función de la medición de resultados. La cárcel tiene su objetivo marcado en la Constitución, que no se cumple ni un poco. La cárcel hoy, al igual que ayer, viola a la mismísima ley de leyes.
El encierro produce  un contraste miserable entre el ser humano concebido como sujeto de derechos del mundo libre y el considerado como un objeto de castigo que vive tras los muros. El preso perdió solamente su libertad ambulatoria y cualquiera de los otros derechos debería tenerlos garantizados.
Y a propósito  de los derechos la segunda cuestión que  me di cuenta y que produjo  un fuerte cachetazo fue que allí dentro el mayor delincuente, para utilizar términos en boga, era el Estado pues  no solo agravaba los problemas ( la conflictividad social) sino que hacía lo mismo que reprochaba y condenaba  y se volvía delincuente tras los muros de la prisión.
Las cárceles fueron dominadas con el miedo como herramienta, aplicaron una perversa lógica de premios y castigos basada en aceptar ilícitas formas de vida como estrategia de supervivencia en un ámbito controlado por el Estado, con funcionarios públicos dispuestos a proteger o lastimar –física y psíquicamente- según aceptaran o no las condiciones impuestas. Tras los muros de las prisiones argentinas, las más graves conductas sancionadas por el código penal eran aplicadas por agentes públicos o ante el conocimiento de ellos. Aquel preso que osara recorrer otro camino era transitar un sendero plagado de inexplicables obstáculos, frustraciones y vejaciones  cuyo destino final era, de forma inexorable, la reincidencia. 
No se trata de justificar el comportamiento de presos ni de carceleros sino de conocer las causas del actual fracaso de la política penitenciaria para poder diseñar otras que sean idóneas con los objetivos que ordena la ley: asegurar derechos en vez de violentarlos. Estoy convencida de que el acceso a los derechos fundamentales integra de manera pacífica y reduce el daño que causa la prisión, daño en el preso, en su familia, en los que allí trabajan y en el conjunto de la sociedad, que sabe y padece las consecuencias de tener cárceles que agravan el problema.
Además, las estructuras edilicias vetustas  concebidas solo para castigar y un  personal con escasa formación para las labores que desempeñan, mal retribuidos y sin estímulos, eran  los recursos de un sistema que lejos se encontraba de lo previsto por nuestra Constitución Nacional y lo anhelado por la sociedad.
La cárcel era en aquel momento, y sigue siendo,  un espacio en el cual los alojados en ella eran estimulados para aceptar opciones que favorecían la vuelta al delito y que los alejaba de oportunidades de acceso a otras que coadyuvaran para una vuelta al medio libre inclusiva y alejada del conflicto.
 Y la tercera cuestión que observé tras atravesar rejas y más rejas y oír detrás mío el sonido de la traba fue a una gran cantidad de jóvenes que, en un grito silencioso, pedían una nueva oportunidad.
Entonces entendí que encerramos a los que molestan y no sabemos qué hacer con ellos. A los marginales que esperan que  la sociedad y el  Estado les den, alguna vez,  una oportunidad para sus vidas y como no sabemos de qué manera resolver esa demanda, el conflicto que provoca y el desagrado  que nos causa, los encerramos. Que en definitiva la cárcel es el lado oscuro de la sociedad, que es la parte que no se ve pero que existe, que hacer como que no existe no soluciona nada, que esos jóvenes ahí encerrados en su gran mayoría padecieron un Estado ineficiente ( no ausente, no es necesario más Estado, al contrario)  que solo llegó a sus vidas marginales para reprimirlos encerrarlos y seguir violándoles derechos. 
Asumir que el encierro es inmoral, que tras los muros el Estado viola derechos y que encerramos a los más pobres  me llevó a preguntarme si podría haber otra forma de resolver los conflictos, si podría haber otra forma de cárcel, o si directamente había que abolirla; si había alguna forma de cambiar la situación de miles de personas que transcurren sus días en esos lugares, en absoluta soledad, olvidados, con el dolor como única compañía y con la muerte soplándoles la nuca todo el tiempo.
¿Cómo es posible que como sociedad aceptemos esa situación?, ¿será porque desconocemos lo  ocurre ahí adentro o simplemente porque estamos muy jodidos?
Me inclino a pensar más en la primera opción por eso intento en este momento  transmitir lo que allí sucede aunque nunca estas líneas lo describirán completamente.
¿Es posible tener cárceles más humanos o menos agresivas o es que son por definición espacios de tortura? Y la cuestión entonces es ¿ debemos desmantelar esos espacios de dolor o tratar de que estar ahí adentro no duela tanto? 
Yo anhelo  lo primero pero mientras las discusiones se realizan y las respuestas se buscan en debates que probablemente lleven mucho  hay una gran cantidad de seres humanos que no dan más del sufrimiento. 
En principio, es urgente garantizar los derechos porque hoy los presos constituyen un grupo humano vulnerable y vulnerado por su condición de sometimiento a una autoridad sin adecuado control por parte de la sociedad. La cárcel no debería ser muy diferente al mundo libre, las personas allí encerradas deberían poder  trabajar, estudiar, alimentarse, acceder a la salud, al contacto con la familia. El Estado debería garantizar todo eso sin embargo con el proyecto de reforma de la Ley de Ejecución Penal (24.660) no se estaría yendo por ese camino. 
El proyecto contraviene los estándares constitucionales de resocialización y reinserción social de los penados contenidos en la actual ley, los cuales fueron reconocidos tanto por nuestra Corte Suprema de Justicia de la Nación como por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y están previstos como finalidad de las penas de prisión en las "Reglas Mandela”, que constituyen la normativa de Naciones Unidas para el tratamiento de los reclusos.
La reinserción social se instrumenta mediante un régimen de progresividad de las penas que tiende a la progresiva reincorporación del condenado a la sociedad, el proyecto va en dirección opuesta, pues impide este retorno progresivo del condenado al medio libre.
Establece un cumplimiento íntegro de la pena para la mayoría de los condenados, quienes tras un largo período de encierro carcelario, serán puestos en libertad en forma abrupta, sin el acompañamiento y supervisión del Patronato de Liberados previsto en la actualidad para el instituto de la libertad condicional.
Sobre el proyecto hay opiniones de especialistas y mucho debate, no es mi intención detenerme en el mismo, simplemente quise escribir y compartir estas líneas nacidas desde  la experiencia de poner el cuerpo, la cabeza y el alma y que responden más a un impulso frente a la escucha  de tanto ruido y pocas voces que se refieren al tema que merecen mi reconocimiento y respeto. 

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