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Arte y Espectáculos

Zilda Balsategui: una pintora social

Zilda Balsategui: una pintora social
La vocación de Zilda Balsategui por la pintura surgió en la infancia y se definió en la adolescencia. Dibujaba muy bien, y de a poco fue animándose a usar colores. Pero era autodidacta; únicamente había aprendido lo que formaba parte de los programas de educación de la época, y lo que explicaba Leonardo da Vinci en su Tratado de la pintura y el paisaje. Con eso, más sus lecturas sobre arte oriental, empezó a pintar hules, después del nacimiento de su segundo hijo. Y, con el tiempo, logró una cantidad de trabajos como para organizar su primera muestra.
 
Zilda expuso por primera vez en 1961, en la Galería Peuser de Buenos Aires. Recordando aquel momento, me dijo: "El día que inauguré fue fantástico: había mucha gente, muchos amigos (estaba Pedro Arozarena, que me hizo la presentación). Pero el segundo día, que me quedé sola, pasaba gente que yo no conocía; se paraba, miraba y decía "¿Qué habrá querido poner acá? ¡Esto es horrible!”, o "¡Qué lindo!”. Entonces llegué a la conclusión que los que decían que estaba bien no sabían nada, lo que fue una triste realidad, porque fue un choque para mí”. A partir de ese momento decidió tomar clases: primero con Rafael Muñoz, un grabador argentino que elogió su forma de trabajar el color y le enseñó la técnica de la monocopia; luego, nada más y nada menos que con Juan Carlos Castagnino.

Clases

El artista, al principio, le dio clases durante un verano, en Camet, donde estaba la antigua herrería de su padre. Después, frecuentó el taller que él tenía en Buenos Aires: una casa, en Mataderos, a la que iba solamente para pintar. Allí aprendió a trabajar el acrílico y el pastel.
Cuando le pregunté a Zilda por Castagnino, me contestó: "Yo lo admiré tanto a Juan Carlos que creo que se me pegaron muchas cosas de él, como todo alumno que copia cosas de su maestro. Y no me refiero solo a la forma de pintar, sino también a las actitudes que tuvo él frente a la vida. Fue un maestro ejemplar, un tipo buenísimo que ayudó a la mayoría de la gente de su generación y enseñó a muchos alumnos. Era una persona que no se quedaba con nada: enseñaba todo lo que sabía. Castagnino decía: ‘Cuando se es buen maestro el alumno va a ser lo que uno le ha enseñado y pone todo su conocimiento para llegar a la perfección’.”
En 1965, Castagnino viajó a Italia para pintar un mural en la sede romana de Aerolíneas Argentinas. Poco antes de irse, le dijo a Zilda: "Te voy a dejar con alguien que sabe mucho. Yo le di todo lo que sé, pero además tiene su imaginación y su trabajo”. Era Héctor Capurro, de quien ella se hizo muy amiga. Con él, que venía a darle clases a Necochea, Zilda hizo una conjunción de estilos y aprendió nuevas técnicas.

Sus viajes

Durante los años ’60 y ‘70, Zilda hizo una serie de viajes por Perú, Bolivia y Ecuador, que marcaron su posterior obra de caballete: América le abrió un mundo distinto. Desde entonces, se ocupó de figuras humanas (generalmente, mujeres y niños) que transmiten calidez a pesar de a su condición social; hizo obras cuyo contenido bien podría tomarse como una denuncia social y en las cuales su espíritu sensible se conjuga con la poesía, la gracia y el manejo del espacio y del color, creando un "clima” perfecto. 
Las exposiciones de esa época tuvieron mucho éxito, tanto de público como de crítica. César Magrini, por ejemplo, destacó: "la lucha, la oposición entre el ser y el existir, entre el alma y su envoltura terrena, entre el espíritu y su lucha por deshacerse de la materia pero sin olvidarla. Los trabajos, irreprochables técnicamente, de gran carga y significado humanos, tienen calidad y algo todavía más valioso: su testimonio espiritual”. Y Raúl González Tuñón escribió que "sus obras se destacan por una fuerza plástica que no excluye una particular delicadeza”.
 "Si tuviera que definirme dentro de un movimiento, me enrolaría en el expresionismo”, me confió Zilda, una tarde de otoño. En esa vanguardia alemana predominaba la visión del artista y cada obra tenía un sentido personal: se expresaban los sentimientos más íntimos del artista a la hora de plasmar una realidad. No me extrañó, pues, su identificación. Además, sabía que su propósito, al pintar, era transmitir un mensaje: mostrar al hombre, su dolor, su ternura, su alma.

Vida cotidiana

En sus últimos años, sin descuidar la pintura de caballete, Zilda decidió pintar manteles. Creía que era necesario incorporar el arte a la vida cotidiana, y nada mejor que los manteles para ponerlo en práctica. Esas obras originalísimas fueron, en su mayoría, homenajes a pintores admirados; también hubo naturalezas, motivos precolombinos y un retrato de Borges. 
Una mañana de verano, me dijo: "Me hubiese gustado trabajar -porque lo conocí cuando llegué a Italia, en 1968- con Carlos Alonso, un pintor argentino que tiene mi edad. Él pasaba por Roma en viaje a Florencia, donde pintó La Divina Comedia, y me ayudó a colgar mis cuadros. Era un personaje importantísimo, con una forma de ser similar a la de Castagnino. Y hoy me interesaría haber trabajado con él aquí, en mi país”. "¿Y fuera de la Argentina, con quien te hubiera gustado estudiar?”, le pregunté. "Con Picasso, porque siempre lo admiré y lo considero el genio de los genios. Lamentablemente no pude estar con él porque nunca me hubiera sido factible, pero me impresionó muchísimo; igual que Goya. Las Pinturas Negras, las que pintó en la Quinta del Sordo, son espectaculares y cada vez que voy a Madrid paso largo tiempo mirándolas y analizándolas. También me hubiese gustado conocerlo, y aprender de él”.

No cabe duda de que Zilda fue una pintora social. Llevó a sus telas cuanto la impresionaba y la maravillaba en el mundo, haciendo, como en su propia vida, una labor sociocultural.///

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